Investigación y redacción / Maritza Palma Lozano – Fotografías / Sandra Bejarano Aguirre

En Colombia, entre los pueblos indígenas con datos más preocupantes sobre suicidio en jóvenes y mujeres, se encuentran los Embera. Es de conocimiento internacional desde 2009 y de conocimiento nacional por lo menos desde 2010. Sin embargo, terminando 2023 no hay acciones suficientes que comprendan las múltiples causas que empujan a las personas de su etnia a no querer estar aquí y reparen las violencias sistémicas que han roto la relación de las comunidades con sus territorios.

—¿Cómo te sientes?

—Mal

Linda* está sentada sobre sus piernas en el piso de su casa, en el asentamiento Las Palmas. Mira firme hacia abajo y cubre su rostro con su cabello lacio. Hace solo algunos días su pareja se suicidó con una paruma. Linda tiene 15 años y Tulio, su compañero, tenía 17. 

No tengo pensamiento, tengo sufrimiento, dice Linda en Embera Dóbida. No habla mucho, pero entre la breve conversación recuerda cada detalle: Tulio Chamafuro trabajaba en una mina por subsistencia, respondía por sí mismo y aportaba recursos para su madre, pero ya en varias ocasiones le había dicho que deseaba abandonar ese trabajo tan difícil. Su última noche, Tulio tomó chicha con uno de sus amigos y lloró. Linda intentó pedirle que se volviera pa’ la casa, a lo que él reaccionó golpeándola.

Yumari Tapí, otra mujer Embera Dóbida que nos acompaña, traduce cada palabra y en su interpretación relata lo que Linda nos cuenta: Tulio había intentado en muchas ocasiones poner fin a su vida, siendo enfático en que él duraría poco.

Las Palmas es un caserío en Quibdó, Chocó, donde habitan decenas de familias Embera Dóbida que antes fueron desplazadas de sus territorios. Tienen en apariencia un lugar donde vivir, pero no es un espacio que responda a sus necesidades: la tierra no es fértil y no les permite su autonomía alimentaria; solamente la casa donde vive Linda no mide más de 27 metros cuadrados. Como Las Palmas, catorce comunidades indígenas en Quibdó tienen configuraciones equivalentes, aunque todos viven en condiciones diferentes y sus procesos de reorganización social distan. Muchas de ellas, según explica el Defensor del Pueblo para Chocó, Luis Murillo, están en proceso de reubicación, a través de tutela, para que la administración municipal les garantice un espacio donde puedan tener sus proyectos.

En Quibdó las comunidades indígenas Embera en su mayoría no están expuestas actualmente a las mismas dinámicas del conflicto armado que vivían en sus territorios de origen, pero sí a otras violencias de grupos urbanos, además de las secuelas de la guerra, la cual ya quebró un tejido social que no se ha logrado recuperar.

¿Por qué Tulio a sus 17 años ya trabajaba en una mina? ¿Por qué Linda a sus 15 años ya tenía una pareja? ¿Por qué la esperanza de alimento diario de la niñez en Urada está puesta en los programas de alimentación escolar?

Linda siente mucho dolor, no ha recibido acompañamiento de ningún tipo y además de la ausencia de Tulio, le preocupa la falta de estabilidad económica. Linda también piensa en morir.

—¿Cómo te sientes?

—Mal

Linda* está sentada sobre sus piernas en el piso de su casa, en el asentamiento Las Palmas. Mira firme hacia abajo y cubre su rostro con su cabello lacio. Hace solo algunos días su pareja se suicidó con una paruma. Linda tiene 15 años y Tulio, su compañero, tenía 17. 

No tengo pensamiento, tengo sufrimiento, dice Linda en Embera Dóbida. No habla mucho, pero entre la breve conversación recuerda cada detalle: Tulio Chamafuro trabajaba en una mina por subsistencia, respondía por sí mismo y aportaba recursos para su madre, pero ya en varias ocasiones le había dicho que deseaba abandonar ese trabajo tan difícil. Su última noche, Tulio tomó chicha con uno de sus amigos y lloró. Linda intentó pedirle que se volviera pa’ la casa, a lo que él reaccionó golpeándola.

Yumari Tapí, otra mujer Embera Dóbida que nos acompaña, traduce cada palabra y en su interpretación relata lo que Linda nos cuenta: Tulio había intentado en muchas ocasiones poner fin a su vida, siendo enfático en que él duraría poco.

Las Palmas es un caserío en Quibdó, Chocó, donde habitan decenas de familias Embera Dóbida que antes fueron desplazadas de sus territorios. Tienen en apariencia un lugar donde vivir, pero no es un espacio que responda a sus necesidades: la tierra no es fértil y no les permite su autonomía alimentaria; solamente la casa donde vive Linda no mide más de 27 metros cuadrados. Como Las Palmas, catorce comunidades indígenas en Quibdó tienen configuraciones equivalentes, aunque todos viven en condiciones diferentes y sus procesos de reorganización social distan. Muchas de ellas, según explica el Defensor del Pueblo para Chocó, Luis Murillo, están en proceso de reubicación, a través de tutela, para que la administración municipal les garantice un espacio donde puedan tener sus proyectos.

En Quibdó las comunidades indígenas Embera en su mayoría no están expuestas actualmente a las mismas dinámicas del conflicto armado que vivían en sus territorios de origen, pero sí a otras violencias de grupos urbanos, además de las secuelas de la guerra, la cual ya quebró un tejido social que no se ha logrado recuperar.

¿Por qué Tulio a sus 17 años ya trabajaba en una mina? ¿Por qué Linda a sus 15 años ya tenía una pareja? ¿Por qué la esperanza de alimento diario de la niñez en Urada está puesta en los programas de alimentación escolar?

Linda siente mucho dolor, no ha recibido acompañamiento de ningún tipo y además de la ausencia de Tulio, le preocupa la falta de estabilidad económica. Linda también piensa en morir.

LA MUERTE PERDIDA

Una emoción que ha acompañado recurrentemente a Celina Velásquez, en los momentos más difíciles de su vida, ha sido el miedo.

Alrededor de 1975, estando pequeña, Celina vio el cuerpo de sus abuelos asesinados por actores del conflicto armado. Como consecuencia, sus padres se desplazaron forzosamente junto a ella para proteger sus vidas. Salieron de Carmen de Atrato, Chocó, donde nació Celina, y llegaron a Caucasia, Antioquia, pero como no lograron adaptarse retornaron de nuevo a Chocó, esta vez a la comunidad actualmente conocida como El Veinte, ubicada en la vía nacional que comunica Quibdó y Medellín.

Celina está sentada en una silla rimax frente a su máquina de coser. Confecciona vestidos, de su tradición Embera Chamí, para varias mujeres de la familia, mientras mira televisión. Es una mujer bajita de voz suave, lideresa y partera de la comunidad El Veinte.

Sobre los años 1980 cuatro pueblos Embera (Dóbida, Eyabida, Katío y Chamí), confluyeron en esta misma vía nacional, todos desplazados. Hasta que empezaron otros malestares que los obligaron a desintegrarse: la instalación de una base militar muy cerca de sus casas y las consecuencias de movimientos de suelos generadas por la pavimentación de la vía. Quedando principalmente Embera Chamí quienes desde entonces empezaron una lucha jurídica para ser reubicados.

Sin embargo, Celina experimentó ideaciones suicidas muchos años después de haber perdido familiares a manos de grupos armados y por consecuencias de los derrumbes que provocó la intervención vial hecha por contratistas de INVIAS.

Pablo Martínez, asesor de organizaciones indígenas en el suroccidente colombiano en temas de salud, ratifica dos factores fundamentales que han afectado desde los años 2.000 a los pueblos Embera de Colombia: el conflicto armado y los megaproyectos. Todas las familias de los Embera, de Norte a Sur, desde la costa Caribe en Córdoba hasta partes de Nariño, están ubicadas en zonas montañosas que han sido estratégicamente usadas para las rutas del conflicto armado y el narcotráfico, por esto “los pueblos Embera han sido cercados, entonces ya no tienen la posibilidad de ir a cazar o pescar con tranquilidad”, afirma Martínez. La antropóloga Ángela Montes Bolívar, sostiene la misma explicación de Martínez en su tesis “Kiraupeda ichidu biusii” se enojó y se mató solo detallando que el pueblo Embera se ha distribuido en 124 municipios de 17 departamentos del país y especialmente, “el territorio Embera del Alto y Bajo río San Juan ha sido una región estratégica militarmente por ser una de las rutas de acceso al Pacífico desde el Eje Cafetero facilitando el acceso, tránsito y ocupación de grupos armados desde los años ochenta”.

Más al fondo, los efectos del conflicto armado, en casos puntuales los megaproyectos, y las secuelas del abandono estatal han fracturado el eje de la vida de los pueblos Embera: su relación armoniosa con el territorio que a su vez vulnera su espiritualidad. Lo cual es una noción compartida con los demás pueblos indígenas colombianos quienes, en palabras de Martínez, han presentado fenómenos como el suicidio, eventos colectivos psicógenos y trauma postconflicto. 

“Este año y el año pasado para mí no hubo tranquilidad porque por allá tiempo atrás, nosotros escuchábamos y todo, pero nunca pensamos que ese mal iba a venir por aquí”, dice Celina, refiriéndose a un caso de suicidio de una joven de alrededor de 22 años que se presentó en el 2021 en su comunidad. Angélica Rojo, hija de Celina, explica que, aunque el caso, al parecer, fue por desamor a causa de una infidelidad, “en otras partes es por el reclutamiento, por el desplazamiento, por el confinamiento, por falta de oportunidades o, muchos dicen, que por espíritus malos”.

Otras mujeres y autoridades de El Veinte, El Veintiuno, Urada y Las Palmas (algunos de los asentamientos indígenas Embera en Quibdó), manifiestan que sus derechos básicos son vulnerados: están expuestos a humillaciones y discriminación por ser indígenas, precarización laboral, explotación sexual, hambre, desempleo, limitaciones para acceder a la educación, desnutrición infantil, ausencia de agua potable, entre un sinfín de necesidades. Todas coinciden en que la tierra fértil y propia aliviaría sus preocupaciones, así lo explica Yumari Tapí: “hablando un poco del buen vivir aquí en Quibdó es muy difícil, porque nosotros no tenemos tierra y para nosotros lo vital es la tierra, la Madre Tierra; porque en ellos cultivamos, en ellos vivimos, en los bosques. Cuando un Embera se siente frustrado, con rabia, con ira, con ansias de morirse, nosotros vamos a los cultivos, ponemos a rozar, ponemos a pescar y entonces la psicología de nosotros cambia. (…) Aquí en Quibdó, en el urbano, no es así, a veces los niños lloran por hambre.”

Todos estos factores debilitan el cuerpo de las personas Embera y con el cuerpo débil, o cuerpo atrasado, como explica el Jaibaná o médico tradicional de El Veinte, Fabián Velásquez, se está más expuesto a que los jais malos como el jaiperani, el jai tontina o jai wamia ataquen generando miedo, aburrimiento y hasta la muerte a mano propia.

MALOS PENSAMIENTOS: MORIR PARA NO SUFRIR

El mismo 12 de marzo de 2023 que amaneció ahorcado Tulio en Las Palmas, Silvia Hachito Isama, una joven indígena que cursaba estudios de secundaria, se suicidó en el barrio San Judas de Quibdó, en la casa donde trabajaba haciendo labores de cuidado. Otras 250 personas indígenas se han quitado la vida entre 2019 y 2023 en el Chocó, de acuerdo con la Mesa indígena del Chocó, además, 100 personas indígenas más han intentado suicidarse.

En todo Colombia, El Instituto Nacional de Salud reporta 2.433 intentos de suicidio en población indígena colombiana entre 2019 y 2023. La mayoría de casos en Cauca, Nariño, La Guajira y Caldas. Sin embargo, la cifra que sistematizan sobre Chocó es de 27 intentos, lo cual denota un sub-registro muy alto a la luz de las cifras sistematizadas autónomamente por las organizaciones indígenas del mismo departamento.

Pablo Martínez es enfático en advertir que el suicidio ha existido siempre en las comunidades indígenas “ante unas situaciones concretas y estresantes”. Por ejemplo, el pueblo indígena U´wa, presentes entre Boyacá, Santander, Norte de Santander y Casanare, en 1995 amenazó con un suicidio colectivo si la Occidental Petroleum Corporation (OXY) realizaba un proyecto de explotación petrolera. Alrededor de 1920 cuando 22 pueblos indígenas fueron sometidos en la amazonía colombiana a explotación, torturas, asesinatos, masacres, castigos y otras crueldades por parte de empresarios caucheros pertenecientes a la Casa Arana, las personas indígenas que no lograban escaparse optaban por el suicidio.

Durante los años de la colonización española, según sistematización de la Corporación Casa Amazonía, hubo casos de suicidios colectivos en los pueblos Sutas, Cucunuba y Simijaca de Cundinamarca; en Quimbaya, Najabes, Tahamies y Katios de Valle de Aburrá; Paeces de Huila y Agataes y cocomes del Cañón de Chicamocha, Vélez.

Ocurrió también, ya después de los años 2.000, que en Tierralta, Córdoba, tras el proyecto de la represa de Urrá, se empezaron a presentar suicidios entre la población Embera Katío. Posteriormente se reconocieron también hechos en el Alto Baudó.

Según estudio de Naciones Unidas citado por UNICEF en Suicidio adolescente en pueblos indígenas, en las comunidades Embera (Katio, Dóbida y Chamí) ubicadas entre Risaralda, Chocó, Antioquia y Córdoba, en 2009 se calculaban tasas de suicidio de 500 por cada 100.000 habitantes en un contexto donde la media nacional era de 5.2 suicidios por cada 100.000 habitantes, con el agravante de que la mayor cantidad de sucesos en este pueblo se presentaban en población joven entre 13 y 17 años, principalmente mujeres.

Actualmente, comunidades y autoridades Embera del Chocó y Risaralda insisten en que los casos se siguen presentando mayoritariamente en personas jóvenes y en mujeres. 

Martínez se atreve a explicar que la recurrencia de intentos entre mujeres puede deberse a que “la mujer Embera es de las mujeres indígenas que tienen menos capacidad de integrarse a una sociedad mayoritaria”, por su condición de migrantes forzadas internas que las obliga a ocupar puestos de trabajo precarizados como labores del cuidado, además de la barrera del español: los Embera “hablan mucho su propio idioma y los que (más) hablan español son especialmente los hombres”.

Por su parte, UNICEF y la ONG IGWIA, citados por el Ministerio de Salud y Protección Social y la Organización Panamericana de la Salud en Revisión bibliográfica sobre prevención y atención integral a la conducta suicida en población indígena colombiana indican que las causas del suicidio adolescente en Brasil, Colombia y Perú obedecen, entre otras razones a: “la continua discriminación a indígenas, los cambios drásticos en su entorno, la violación sistemática de sus derechos y la impotencia frente a las decisiones que afectan su desarrollo, [que] originan situaciones traumáticas con consecuencias individuales y colectivas”.

TODO QUEDA EN SILENCIO

Antes del suicidio que se presentó en 2021 en la comunidad de El Veinte, Celina no dormía bien por la preocupación de que algo fuera a suceder. Venía escuchando sobre casos en otros municipios de Chocó y eso la angustiaba. Luego todo fue peor:

“Después de que fallece, de que enterraron esa muchacha, como a los ocho días en adelante, yo sentía que alguien andaba conmigo. Junto. Sentía sombras y veía yo como un bejuco, como un pedazo de lazo: yo ponía la mano como pa’ cogerla. En la noche no dormía. Toda la santa noche pasaba así, a ver a qué hora veía yo a alguien por ahí”, cuenta Celina.

A su mente empezaron a llegar pensamientos horribles que ella no lograba controlar. No le dijo a sus hijos lo que le pasaba, pero aunque ellos, según Celina, la veían normal, ella no se reconocía.

Yo mantenía sola en la casa. El único que me acompañaba era el niño (su nieto). A veces le pedía al niño:

—Mi niño, no me deje sola en la casa.

—Mamita, ¿usted por qué está así? —le preguntaba su nieto

—No mijo, por nada, a veces me da miedo— le decía Celina

Él quedaba como con duda, pero le confirmaba:

—Ah no mamita, yo no la voy a dejar solita. 

Mujeres Embera Chamí de la comunidad de El Veinte caminan a orillas de la vía nacional que comunica Quibdó con Medellín.

Frente a las alarmantes cifras de suicidios e intentos de suicidio en población indígena en Colombia, el Ministerio de Salud ha avanzado por lo menos desde 2010 en documentación y diagnósticos pilotos que no han logrado convertirse en una respuesta sistémica, como sí lo es el problema. Pablo Martínez indica que, aunque “todas las estrategias ya están pensadas, ya están discutidas”, en los últimos años nada o poco se ha implementado: “el Ministerio de Salud, a través de su área de salud mental, ha apoyado unas cuatro o cinco experiencias locales muy puntuales, pero realmente este es un tema que se sale de las manos de ser experiencias, esto ya es un tema mucho más grande que requiere un tipo de decisiones más fuertes”. 

Hugo Net Bailarín, comisionado de juventudes ante la Mesa departamental indígena del Chocó, manifiesta que pese a tener conocimiento sobre el Lineamiento para el cuidado de las armonías espirituales y de pensamiento de los pueblos y comunidades indígenas del Ministerio de Salud, “eso está allá arriba a nivel nacional, todo ese lineamiento, pero no han podido demostrar o venir al campo y hacer conocer a los pueblos indígenas, o no sabemos quién es esa persona que está al frente de todo ese lineamiento que debe hacer conocer a las comunidades. (…) Solo queda en libros, solo queda en comentarios, pero no se aplica, en especial a la juventud”. Tanto Hugo Net, como Pablo Martínez coinciden en que, cuando se trata de entidades estatales territoriales o departamentales, la respuesta es igual o más insuficiente. “Las instituciones solo nos vienen a coger en busca de información, buscan informaciones detalladas, las entregamos y sigue igual. Solo nos dicen que van a informar, de que nos van a hacer visibilizar a las instituciones, pero absolutamente no pasa nada”, reclama Bailarín.

El Defensor del pueblo para Chocó, Luis Murillo, también manifiesta que, aunque Quibdó es uno de los municipios más afectados  por suicidios en 2023, solo hablando de casos en población indígena, “en todo el departamento hay un solo hospital de segundo nivel que sirve de referencia con una sola psiquiatra” y presentan recurrentes protestas del personal de salud por falta de pago. Aclara que hay clínicas privadas que prestan servicios de salud mental, pero para que la población indígena acceda a ellas generalmente se requiere que alguna organización de Cooperación Internacional lo costee. 

La Secretaría de Salud departamental, en respuesta a derecho de petición, confirma lo indicado por el Defensor del pueblo: “la oferta y la infraestructura en salud mental disponible en el departamento del Chocó es mínima, ya que solo se cuenta con un pabellón para albergar la población con problemas mentales en la Nueva ESE Hospital Departamental San Francisco de Asís del Chocó (Hospital de referencia de segundo nivel para el departamento del Chocó)”, aunque agregan que “el proyecto denominado Construcción de la sede de atención a víctimas y unidad de salud mental del Chocó, cuenta con recursos aprobados por parte del Ministerio de Salud y la Protección Social”.

Si en Quibdó hay limitaciones, en el resto del departamento, que se caracteriza por ser principalmente rural y con acceso fluvial, es más complejo, el Defensor del Pueblo Luis Murillo indica que “allá donde se están dando los suicidios, en el resguardo indígena que está a dos días de camino, allá en el Consejo comunitario de población afro, no tenemos ni una promotora de salud”. La atención posible inmediata en los resguardos la brindan los Jaibaná, pero ellos, por causas del conflicto, se ven limitados sin poder acceder a plantas sagradas y sin poder hacer ceremonias porque movilizarse por el territorio es un riesgo. “Esto sumado al hambre, a toda la angustia que genera la confrontación de grupos ilegales que son eventos cada vez más prolongados. Tenemos zonas donde hace dos años o año y medio la gente está confinada” y cada vez se ha vuelto más recurrente que la población se confine en lugar de desplazarse, agrega Murillo.

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El ICBF ha invertido a nivel nacional doce mil sesenta y tres millones de pesos colombianos entre 2021 y 2022, en tres programas con contenidos en prevención del suicidio en niñas, niños y adolescentes: Hablar Lo Cura, Generaciones étnicas y Katünaa, pero solo este último se enfoca de manera exclusiva en prevención del suicidio con enfoque diferencial. Katünaa concentra el menor recurso: cuatrocientos diez millones, de los cuales solo doce millones (el 2,9%) fueron ejecutados en Chocó impactando a 21 niños y niñas Emberá de Riosucio, Bojayá, Quibdó y San José del Palmar y a dos Zenú. En el marco de los otros dos programas (Hablar Lo Cura y Generaciones étnicas), ejecutados durante 2022, en Chocó se impactó a 1290 indígenas; esto, en un contexto donde, según datos del DANE, para 2018 en Chocó se auto reconocieron 68.415 personas indígenas. 

Hugo Net considera que las acciones del ICBF no son suficientes. Mientras, Jaime Zapata, sacerdote de las Diócesis de Istmina indica que, aunque el ICBF “es una de las instituciones que más presencia hace en los territorios” y cuando sus psicosociales llegan a los lugares donde se han presentado suicidios ayudan a estabilizar a las comunidades, en algunos casos hay “corrupción que hace que esos programas no lleguen con toda su eficacia porque depende de los funcionarios que estén al frente”.

Una mujer Embera Dóbida de Urada (Quibdó) sostiene a su hijo sobre sus piernas.

FORTALECER EL CUERPO

“De repente uno siente como que algo, como una araña, le caminara en el cuerpo a uno y se le posara a uno en toda la cabeza, en la cara, y uno mira y sí: ya uno se siente como con una cosa ahí pesada”, describe Celina que sintió uno de sus momentos más críticos en los que ideó quitarse la vida.

EN MIS PROPIAS AGUAS

Tres cosas fueron fundamentales para que hoy cuente su historia: aferrarse a la tradición católica occidental después de atreverse a contarle a un viejo amigo de la familia lo que estaba pasando, la compañía de su nieto y de su hija y el tratamiento que recibió del Jaibaná de su comunidad. Su hija Angélica explica que para cuidarla “la estrategia es no dejarla sola ni un segundo”, así han definido que a las personas tristes o en riesgo de suicidio nunca hay que dejarlas solas y hay que incluirlas en actividades que ocupen su mente como tejer y participar con normalidad de los eventos comunitarios.

Cuando se tiene el cuerpo atrasado o débil, la persona debe ser curada por el Jaibaná o médico tradicional antes que un jai malo le ataque. El Jaibaná, entre sus saberes domina a otros jai buenos que le otorgan poderes para sanar y proteger.

La antropóloga Ángela Montes Bolívar, ilustra en “Kiraupeda ichidu biusii” se enojó y se mató solo que “para estas comunidades toda cosa tiene jai, no solo las personas; las plantas, los animales, los fenómenos naturales e incluso los objetos, aun aquellos artefactos fabricados por el hombre tienen su ‘jai’. Algunas veces las cosas pierden el ‘jai’ y dejan de ser lo que son. El ‘jai’ es para los Embera la esencia de las cosas y lo que les da vida”. Desde otras interpretaciones también son comprendidos como espíritus.

En este contexto, cuando se trata de muerte a mano propia o intentos los pueblos Emberá lo relacionan con la enfermedad de la wawamia, la cual trae cambios de comportamieto que anteceden la conducta suicida. Por otro lado, desde sus indagaciones Montes menciona al ‘jai aburrición’, ‘jai wawamia’ o ‘jai tontina’. Tanto en su texto como en otras explicaciones comunitarias es reincidente que hablen de jais relacionados con la ira, el aburrimiento o la tristeza, los cuales si se quedan mucho en el cuerpo pueden ser dañinos, o del jaiperani: un espíritu malo que si lo coge a uno lo mata. Esto último descrito por el jaibaná de El Veinte, Fabián Velásquez.

Pablo Martínez destaca que es necesario reconocer las capacidades de los Jaibaná debido a que “son realmente líderes que tienen un conocimiento y manejan una cantidad de estrategias, que desde nuestro lado nosotros hablamos de psicoterapias, intervenciones comunitarias y todo eso, los Jaibaná hacen eso mismo. Realmente cuando uno ve lo que hacen estas personas enfrentando estas tensiones y estas dificultades en estos territorios, uno lo que reconoce ahí es un gran trabajo de tratar de armonizar, de lograr que la gente pueda vivir en escenarios muy difíciles, en contextos muy complicados y eso es un ejercicio de contención terapéutica que está a la altura de cualquiera de estas contenciones terapéuticas que hablamos nosotros en la psiquiatría y en la salud mental desde lo blanco”.

Uno de los mecanismos para armonizar es por medio de la ceremonia del ‘bene´kúa’, explicada por Montes como una ceremonia de cantos en la cual “los ‘jai’ manejados por el Jaibaná son quienes cantan en él, se encarnan en su cuerpo para hacer de este un instrumento musical de comunicación, de conocimiento y de curación”, logrando que el jai que afecta al enfermo salga de su cuerpo.

Al respecto, Hugo Net plantea que “como Embera, así el Estado colombiano no nos dé la mano, nosotros aplicamos nuestras medicinas tradicionales, nuestras medicinas ancestrales, nuestros Jaibanás, tongueros, yerbateras, parteras, sabios, que han venido defendiendo hace mucho, muchísimo tiempo, años atrás en este tema de suicidios”. Por ejemplo, cuando fallece un joven se acercan a las familias, hacen rituales, baños y reciben fortaleza del Jaibaná, siendo unidos, pero no basta su ejercicio propio porque también requieren garantías y recursos para movilizarse hacia sus territorios que en la mayoría de casos debe ser vía fluvial y en lugares muy apartados a los que no se puede acceder en un día.

Y no se trata de que las poblaciones indígenas no reciban acompañamiento de tipo occidental no indígena, aclara Martínez, si no que estos deben ser complementarios y reconocer los conocimientos medicinales indígenas, además de garantizar constancia. En lo mismo coinciden Hugo Net y la Defensoría del Pueblo.

Sin embargo, en el escenario actual del sistema de salud colombiano, la opción que impera es apelar al Sistema Indígena de Salud Propio e Intercultural (SISPI), refiere Martínez, el cual ya está establecido en la norma desde el Decreto 1953 de 2014 y el artículo 329 de la Constitución Política de Colombia, pero que a la fecha no tiene Ley ni recursos. 

Consolidar el SISPI y constituir las entidades territoriales indígenas son “la gran apuesta del movimiento indígena para generar autonomía, reconocimiento y que puedan tener los recursos suficientes para enfrentar este tipo de problemas”, concluye Martínez.

A Celina la llama el monte y los recuerdos de ríos y pescados. Se plantea reflexiva: “a veces pienso: qué bonito esta vida, qué bonito es el mundo, ver ese paisaje, esa naturaleza hacia el otro lado, esa montaña, ¿qué será de la vida de uno cuando uno se vaya de este mundo?, ¿qué pasará con uno o con el alma de uno?, ¿será que uno sigue viendo esto?”

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