Por: Rubén Darío Jaramillo Montoya, Obispo de Buenaventura.

Vivimos en una sociedad que tiene rabia. Es muy común ver en cualquier calle o vivienda situaciones de enojo, cólera, intolerancia o agresión que se manifiesta en los gritos, en las palabras o a veces en los
mismos silencios. Dentro del marco familiar hay múltiples acciones agresivas entre los esposos, con los hijos, con los vecinos y así podríamos decir de otros espacios como el escolar, la empresa, la política y hasta la religión. Usted mismo en este momento puede estar viviendo una situación de rabia.

Cuando se deja arraigar la rabia y el resentimiento en nuestro interior, creemos que con esta actitud podemos obtener algo a cambio o ciertos beneficios que son llamados “ganancias secundarias” que también suelen ser inconscientes y muy poderosas. Con la rabia se da la sensación de tener más poder y dominio sobre las otras personas, cuando en realidad se está es encubriendo sentimientos de impotencia, desilusión, inseguridad, aflicción o miedo. La rabia también se usa a modo de impulso y combustible para conseguir que se hagan las cosas, pero cuando se convierte en el objetivo principal, crea resistencia al cambio mismo que se trata de conseguir.

En algunos casos se usa la rabia para controlar a los demás. Esto casi siempre genera más rabia y resentimiento. Muchas veces se utiliza el enfado para evitar la comunicación con la otra persona. También la rabia se usa como una forma de afirmar que se tiene la razón: para algunos es preferible tener razón que ser felices.

La rabia también se usa para hacer que los otros se sientan culpables y se aprovecha como una forma de
castigo y en no pocas ocasiones la rabia encubre profundos sentimientos: de ahí que sea tan difícil perdonar, porque sería sacar a la luz las debilidades y aceptar la verdad de lo que somos (la Verdad nos lleva a la libertad). En la parte sentimental se usa la rabia para evadir una relación. Muchos jóvenes se van de la casa para escapar de lo que sienten contra sus padres, pero si la rabia no está solucionada siempre llevarán encima el problema no resuelto y cuando se lleva mucho tiempo sintiéndose víctima, hay una gran resistencia a perdonar.

Sentir rencor es una manera de no responsabilizarnos de nuestra vida y de lo que sentimos. Esto es lo que más nos incita a aferrarnos a la rabia, porque mientras lo hacemos podemos culpar a otras personas y se nos olvida que nosotros somos responsables de lo que decimos, hacemos o pensamos.

La rabia crónica nos impide comprender que, independientemente de nuestra relación actual con quien nos la provocó en un comienzo, somos responsables de aferrarnos a ella o tomar la decisión consciente de dejarla marchar y liberarnos. No se nos olvide lo que Jesús nos enseñó a decirle al Padre Eterno: “Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”

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