Por: Fabio Mariño. Educador popular e investigador social. Compromisario de los acuerdos de paz de 1989 y 1990. Politólogo con estudios de posgrado. Magister en Estudios Latinoamericanos, Especialista en Administración Pública, Especialista en Alta Dirección del Estado, Profesional en Ciencias Políticas y Resolución de Conflictos y Diplomado en Pedagogía y Resolución de Conflictos.

Por estos días, justo el pasado 13 de diciembre, conmemoramos una fecha como disculpa para revivir el ejemplo de entrega, compromiso de vida y perseverancia de un criollo que, para la época, animado por los saberes que alcanzó a obtener desde su posición de letrado, el Precursor Antonio Nariño, ejemplo de firmeza en sus ideales que luego serían referencia y postulados para continuar con la lucha independentista de los primeros años del siglo XIX.

Las causas asumidas por Nariño ya venía germinando y creciendo con los vientos huracanados de ‘la independencia americana’, tejida como herencia por estos caminos con voces y pasos insurgentes en El Cuzco, Lima, Quito, Bogotá, Caracas, el Caribe y el encantador Mar de las Antillas. Y al igual que la vieja Gran Colombia hermanada al delicado cinturón de unidad americana llamado Panamá que abre las puertas al centro de la otra América que apuntala caminos hacia el norte para tejer entre todos nuevamente una quimérica e ineludible juntanza constituyente de la nueva nación amerindia que por los caminos del Cóndor, con sus valores, historias y aprendizajes, reclama la identidad continental (ojalá sin fronteras).

Hoy, con referencia a don Antonio Nariño y Álvarez y a su vida ejemplar, podemos decir que: dedicó la mayor parte de sus tiempos y esfuerzos a estudiar toda clase de temas que le ayudarán a mejorar las condiciones de vida de sus compatriotas; fue Abanderado, Tesorero, Alcalde de Santafé, periodista, tipógrafo, comerciante, militar, gobernante, prófugo, senador y padre, con Magdalena Ortega tuvo tres hijos. Fue un verdadero patriota, no poseía esclavos ni tierras y toda su fortuna incluyendo su imprenta los puso al servicio de su lucha contra el poder español. No se robó ni un peso siendo Tesorero de diezmos. Un hombre de principios. Pasó casi una tercera parte de su vida en la prisión debido a su temperamento revolucionario.

Motivado por la causa independentista, en 1794 tradujo, promovió y distribuyó ‘La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano’, el reparto de esta obra se hizo en medio de conspiraciones y persecuciones, ese mismo año como consecuencia de dicha gestión libertaria, confiscaron todos sus bienes, luego fue condenado a diez años de cárcel y desterrado a perpetuidad. Tuvo una de las bibliotecas más completas de su tiempo en Bogotá ( Finales del siglo XVIII). Se cree que tenía cerca de 3000 ejemplares, además de tener una imprenta.

Algunas obras y gestiones por la defensa de los derechos ciudadanos y el ejemplo del prócer invocado hoy, tienen el sello de Nariño, veamos: en 1785 solícito colaboró en la reconstrucción de la ciudad de Santafé luego del “espantoso terremoto” ocurrido en el mes de julio, colaboró en la gran empresa identitaria de la Expedición Botánica, importo la imprenta, fue tipógrafo, editor e impresor, creó El Arcano de la Filantropía, una tertulia literaria donde se exploraban las ideas de libertad e independencia, fundó periódicos políticos como La Bagatela, La Gaceta de Santafé, El Papel Periódico, Los toros de Fucha (como líder de la oposición que enfrentó a Santander), por eso es acreditado y reconocido como “el padre del periodismo” en Colombia. Fue el primer periodista colombiano en usar la pluma como arma de denuncia. Su periódico La Bagatela logró tumbar el gobierno de Jorge Tadeo Lozano en 1811.

Ese mismo año luego de ser liberado de las mazmorras de Cartagena fue elegido presidente de Cundinamarca; en abril de 1812 redactó la Constitución para el Estado Libre e Independiente de Cundinamarca que declaró la independencia absoluta de España. El general Antonio Nariño preparó la idea de emancipación y fue el primero en separar de modo definitivo la colonia neogranadina de la metrópoli española.

En su biblioteca allanada y confiscada por orden del Virrey de la época, según Eduardo Ruiz (Planeta 1990) encontramos un listado de más de 3000 volúmenes, entre muchos libros, por ejemplo: De la Revolución de Estados Unidos de América, Cartas sobre la educación, Tratados de aritmética, Amato Luntano de Medicina, El Arte de escribir, Cartas filosóficas, Compendio del Derecho Público de España, Curso químico y de medicina, Diccionario Español-Inglés, Economía Política, La Filosofía moral, Gramática francesa, Historia crítica de la vida, Historia de las Indias… sólo como reseña de la riqueza que para la época albergaba ese buen luchador, quien junto con nombres excepcionales que pensaron y realizaron la independencia, como Pedro Fermín de Vargas, Francisco Miranda, Eugenio Espejo y Simón Bolívar, animaron a miles y miles de mujeres y hombres que acudieron a su llamado y se lanzaron a la grandeza de la libertad.

A raíz de discrepancias, incomprensiones y rupturas políticas con otros líderes independentistas de la época, acuñó la frase de “la patria boba”. En julio de 1813 como General de los ejércitos emprendió la campaña militar hacia el sur contra los españoles parapetados en Popayán, Pasto y Quito, no sin antes apoyar al joven Bolívar, quien, sin saberlo aún, iniciaba por el río Magdalena la también Campaña Admirable.

En la campaña del sur, contra de los realistas, peleó en las batallas de Palacé y Calibío, fue capturado en la acción de los ejidos de Pasto en 1814 y enviado de nuevo a la prisión de Cádiz, allá, en el corazón del imperio, a pesar de la inhumana ergástula, Nariño publicó artículos bajo el seudónimo de ‘Enrique Samoyar’ mostrando a los españoles la inconveniencia de la reconquista de América, también preparó un proyecto de constitución. En 1819 recuperó la libertad, viajó a Venezuela donde, como presidente encargado por Bolívar, instaló las sesiones del Congreso de Cúcuta en 1821 y presentó ante La Gran Colombia su proyecto de constitución.

Posteriormente fue elegido senador de la República y con perfidia acusado de “no tener las calidades ni cumplir con los requisitos constitucionales para el cargo”, ocasión que le permitió crear una pieza magistral de la historia de Colombia que hoy conocemos como “la defensa ante el senado”. Luego, cansado y enfermo se retiró a Villa de Leyva y un 13 de diciembre, 4 años después del triunfo de la batalla del Puente de Boyacá partió a otra forma de estar presente hoy: con su vida obra y ejemplo.

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